Fuck y’all

Por Daniel Bel Cacho En Entornos Digitales enero 3, 2018

redes sociales

Probablemente a nadie le suene el nombre de Mercedes Grabowski. Quizá a algunos les resulte más familiar la identidad por la que esta joven canadiense era conocida en el mundo del entertainment: August Ames. Aunque, aquellos que la hayan reconocido, difícilmente lo admitirán en público. Cosas del otro Hollywood, la industria invisible que, sólo en los Estados Unidos, factura cada año más de 10.000 millones de dólares y produce más de 13.000 títulos. Películas con cuyas protagonistas muy pocos se harían un selfie ni aunque las tuvieran delante en la cola del supermercado. ¿Para qué sirve un trofeo que no puede lucirse?

La historia de esta joven estrella del porno me impresionó cuando empecé a leerla, hace unos días, por su último y más oscuro capítulo. La madrugada del pasado 5 de Diciembre, Grabowski concluía una amarga disputa con algunos de sus seguidores en Twitter publicando el mensaje “Fuck y’all” (que os jodan a todos). Estas tres palabras acabarían por convertirse en su lacónico epitafio, pues la actriz se quitó la vida poco después ahorcándose en las proximidades de su residencia en Camarillo, California.

Último tuit August Ames

Poco importan ya los escabrosos detalles del episodio de acoso en las redes sociales del que fue víctima August Ames en los últimos días de su vida. Su negativa a rodar con un actor ‘crossover’ (aquellos que participan tanto en producciones de cine porno homosexual como hetero) le valió una lluvia de críticas de la comunidad LGTB, que la tildó de homófoba. De poco sirvieron las explicaciones en las que la actriz alegaba razones de seguridad (que hicieron arreciar las críticas por su alusión velada al riesgo de contraer el SIDA) o la enconada defensa que hicieron varias de sus compañeras de profesión de su derecho inalienable a elegir los actores con los que rodar. Casi a la misma hora a la que Jaxton Wheeler le invitaba en un tuit a tomarse una pastilla de cianuro, la joven elegía bailar con el viento, que hacía oscilar sus pies inertes entre los cuatro puntos cardinales.

Confieso que la noticia me conmovió. En parte porque algo huele a podrido en una industria que presenta una tasa de suicidios fuera de lo normal, y cuyo entorno se siente con derecho a imponer a las actrices (y actores) -por muy porno que sean- sus compañeros sexuales. Y de otra parte, porque vuelve a poner de relieve el poder errático y caprichoso de las redes sociales para triturar la vida de quienes caigan en su desgracia.

Fue Nietszche quien dijo que cuando miras largo tiempo al abismo, el abismo mira dentro de ti, aunque difícilmente podía imaginar el filósofo alemán que su frase podría aplicarse un siglo después al inexorable movimiento pendular de la influencia en las redes sociales. Quien se asoma al abismo de una audiencia de decenas o centenas de miles, se expone a que la bestia despierte de mal humor y decida tragarse su alma, como hizo con la de la bella canadiense.

No alcanzo a interiorizar el contexto que induce a una chica de 23 años a apearse de la vida de forma tan abrupta. Y aunque algunos quieran ver en Mercedes Grabowski la figura romántica de quien vive intensamente y quema su existencia a toda prisa, lo cierto es que su suicidio no es sino la página más reciente de una lista macabra de vidas segadas prematuramente con las redes sociales como rojo telón de fondo.

¿Quién se acuerda hoy de Tiziana Cantone? El caso de esta mujer de 31 años avergonzó a la machista sociedad italiana en 2016, cuando se quitó la vida en su casa de Nápoles tras un año de pesadilla que empezó al publicarse en las redes un vídeo filmado mientras mantenía relaciones sexuales con su pareja. Sin saberlo, Tiziana se condenó al pronunciar en el vídeo la frase “Ma stai facendo un video? Bravo!” (¿Estás grabaTiziana Cantonendo un vídeo? ¡Bravo!) de la que se deducía que la grabación era consentida. La grabación, no la difusión. Pequeño detalle que se pasó por alto cuando su caso no se tomó en serio, cuando medio país se mofó de ella, cuando su reputación se pulverizó sin piedad en grupos de Facebook, memes, camisetas y chistes en Twitter. Cuando las televisiones locales se burlaron de su situación y cierto grupo musical le dedicó un tema supuestamente cómico que pasó de 130.000 reproducciones en Youtube. Tras cambiarse de ciudad e incluso de nombre, y tras un Vía Crucis de demandas contra Google, Yahoo, Youtube o Facebook (entre otras) exigiendo su derecho al olvido, la sentencia obligó a la retirada de los vídeos y los comentarios, pero condenó también a la joven napolitana a pagar 20.000 euros de costas por haber consentido la filmación. Una semana después del fallo, Tiziana Cantone acabó con su vida.

Este último verano, otro suicidio con las redes sociales como catalizador -esta vez en España-, engrosó la fatídica lista. La víctima fue Melania Capitán, influencer del mundo de la caza y colaboradora habitual de la revista Jara y Sedal. Esta catalana afincada en Huesca de 27 años, se disparó con una escopeta en una granja de Robres. Aunque los motivos desencadenantes del suicidio no han trascendido a los medios (la familia sigue afirmando que la tragedia se debió a causas de índole personal) lo cierto es que Mel Capitán sufrió una encarnizada campaña de acoso en las redes sociales a cargo del colectivo animalista, algunos de cuyos haters llegaron a personarse en su centro de trabajo exigiendo su despido. Su crimen fue, probablemente, haber alcanzado una enorme popularidad en el mundo de la caza en España. En un mundo de cazadores hombres, de gesto serio y carácter adusto, Mel se convirtió en un icono por su combinación de juventud, frescura, atractivo y experiencia. Y, como todo iconoMel Capitán, encarnó la devoción de los aficionados a la caza y el odio de sus detractores, que nunca le perdonaron su esfuerzo por popularizar este deporte entre las mujeres y los jóvenes. Sólo en 2016 Capitán recibió más de 3.000 comentarios ofensivos en Facebook, escritos con el propósito de amedrentarla. La ONC (Oficina Nacional de la Caza) llevó el caso a los tribunales, donde la denuncia se archivó ante los problemas para determinar la autoría de los comentarios. Hoy es tarde para pensar si se pudo hacer algo más para proteger a Mel Capitán de aquellos ataques que, como golpes de mar contra un rompeolas, acabaron por agrietar el muro de sus redes sociales e inundaron su ánimo de un lodo que nunca logró achicar.

Estas tres historias son tan sólo tres gotas en un océano. La lista de nombres que protagonizan tragedias gestadas en las redes sociales es escalofriante. En muchas ocasiones son episodios de ciberacoso los que desencadenan las fatales consecuencias, pero no son menos las situaciones en las que las redes son tan sólo el instrumento con que el suicida intenta castigar a quienes considera culpables de su infortunio. En una sociedad que silencia las noticias sobre suicidios, Facebook, Twitter o Youtube brindan la oportunidad a los desesperados de contar al mundo el relato de su hundimiento y señalar a los culpables. Lejos del mutismo de los medios de comunicación, este tipo de historias se hacen virales, y quizá sus autores encuentran al fin la paz en la comprensión de quienes no supieron ayudarles en vida. Así salieron a la luz los últimos días de Amanda Todd o la agónica despedida de Katelyn Nicole Davis (el video de cuyo ahorcamiento puede todavía hoy encontrarse con facilidad en internet, pero que he preferido no vincular a este artículo).

Frente a este inquietante panorama en que las redes sociales nos muestran su lado más oscuro, los usuarios tenemos nuestra parte de responsabilidad. Cada vez que compartimos contenidos en los que se invade la intimidad de terceros, o en los que se atenta contra el honor de otras personas, estamos ayudando a apretar el nudo de la cuerda que puede acabar ahogándoles. La exhibición en las redes sociales de episodios embarazosos de la vida de otros puede parecernos divertida, e incluso podemos encontrar justificación para la agresión verbal si la dirigimos contra quien defiende una causa injusta o contraria a nuestros ideales. Pero la fiesta se acaba cuando nos enteramos de que la diana de nuestros comentarios no fue capaz de resistir la presión, y sus redes sociales se quedan congeladas mostrando eternamente lo que estaba haciendo justo antes de saltar por una ventana. Aunque claro, la culpa nunca es nuestra, sino de los otros diez mil hijos de puta que compartieron aquel meme, foto o vídeo que ahora, por cierto, ya no nos parece tan gracioso. “Esta chica ya estaría mal antes” –pensamos-. “Seguro que se ha suicidado por otros motivos… lo de las redes no era para tanto” –decimos para justificarnos-. Yo no la tiré por el precipicio. Apenas la acerqué un centímetro al borde. Si no hubiese sido por los demás, todavía estaría viva.

¿Son acaso perversas las redes sociales? No lo creo. Al menos no como concepto de espacio virtual de relación y comunicación. Lo malo es que no vienen con un manual de instrucciones. Nadie nos enseña a usarlas con responsabilidad, y para muchos se convierten en el aliviadero por donde soltar todo el lastre acarreado en su vida cotidiana. Decía George R. R. Martin en su Festín de Cuervos que “Las palabras son como flechas: Una vez lanzadas no hay manera de hacerlas volver”. Disparada en las redes sociales, una flecha puede convertirse en una lluvia de proyectiles, capaz de penetrar la más dura coraza. Y cuando la andanada ha comenzado, nada puede pararla.

Para acabar de perfilar la encrucijada en la que nos sitúa el mal uso de las redes sociales, conviene revisar el último kilómetro de este macabro maratón de autodestrucción que muchos se empeñan en correr. Se trata de la reciente irrupción de la red social “Sarahah”. (¡OJO! Estáis avisados. La felicidad está en dirección contraria al camino por el que te lleva este link). Sarahah -honestidad en árabe-, es la obra del programador saudí Zain al-Abidin Tawfiq y se lanzó a principios de 2017. Se basa en un principio aparentemente inocente: recibir feedback honesto de tus amigos y compañeros que te ayude a mejorar. Lo que la hace diferente es el absoluto anonimato de los mensajes enviados, característica que parece estar detrás de su rápido crecimiento (más de 300 millones de usuarios en su primer año de vida).

¿Cómo funciona Sarahah? Es muy sencillo: Al registrarnos, la app nos pedirá un nombre de usuario, nuestro nombre, un mail y un password. Al hacerlo obtendremos un link con nuestra identidad en la red social, que podremos compartir en el resto de redes (Facebook, Twitter, Instagram, Snapchat…). Cualquiera que tenga ese link podrá enviarnos mensajes de forma totalmente anónima (incluso si no está registrado en la app). Además, aun sin tener el link es posible también localizar perfiles dentro de la red mediante su propio buscador, lo que hace relativamente sencillo llegar a otros usuarios si conocemos, por ejemplo, el nombre o correo electrónico con el que se han registrado. Cuando vamos a enviar un mensaje, una caja de texto nos dice: “Leave a constructive message”. Como podéis imaginar, esta es la parte que menos interesa a la gran mayoría de usuarios.

Si bien los creadores de Sarahah nos pintan un panorama idílico donde los empleados le dicen a su jefe cómo mejorar, o donde puedes decirle a tu antigua compañera de clase lo enamorado que siempre estuviste de ella, lo cierto es que esta app se ha convertido en el territorio perfecto para el bullying. Cualquiera que se dé a conocer como usuario de Sarahah compartiendo su link públicamente se arriesga a empezar a recibir comentarios, por lo general poco constructivos, de todos aquellos que tienen cuentas pendientes con él. ¿Os imagináis un tablón de anuncios en una clase de secundaria donde cada alumno pudiera escribir lo que quisiera de sus compañeros con total anonimato? ¿De verdad alguien cree que abundarían las críticas constructivas?

En realidad Sarahah no es un concepto tan innovador. Desarrolla un camino que ya exploraron antes otras aplicaciones como ‘After School’, ‘Yik Yak’ o ‘Secret’ (estas dos últimas ya fuera de servicio). Todas ellas ofrecían la posibilidad de enviar mensajes anónimos con distinto grado de visibilidad, y hacia destinatarios más o menos próximos al círculo de pertenencia del usuario. Las dos últimas acabaron por sucumbir ante la férrea oposición que en los Estados Unidos encontraron en algunos lobbies y medios de comunicación (entre los que destacó el Washington Post), que adivinaron -en poco común ejercicio de clarividencia- el caos que este tipo de apps podían generar entre los colectivos más vulnerables. Si no todas han corrido la misma suerte, quizá sea porque Sarahah se ha gestado en Asia, reclutando sus primeras legiones de adeptos en India, y ha llegado a Occidente con varios millones de incondicionales respaldándola.

Corren tiempos inciertos. Tiempos de posverdad, de infoxicación y postureo. Cuando empezaron a repetirnos el mantra de que los medios de comunicación tendrían que adaptarse a internet o perecer, nos predicaban el advenimiento de un tiempo en que las redes sociales serían los nuevos medios … y ese tiempo está llegando. Muchas personas miran el mundo a través de una ventana llamada Facebook, Twitter o Instagram, cuyo cristal deformado muestra otra realidad. Las noticias que leemos cada día pueden ser falsas, y lo que aparece ante nuestros ojos ya no es lo más importante, sino lo más relevante, aquello que más ‘clicks’ ha obtenido, lo más llamativo, chusco o hipnótico, cuando no falso. Pueblos enteros comulgan con ruedas de molino mientras los hierofantes de su estirpe ficticia les dictan lo que quieren oír. Como hámsteres en una rueda, corremos deslumbrados por un agradable carrusel de vanidad mientras, poco a poco, apagamos la luz del pensamiento.

Por eso entiendo el infeliz desenlace de tantas historias en las que la burbuja de bienestar explotó. Almas frágiles que se vieron de improviso fuera de la rueda, hundidas hasta el cuello en una ciénaga de cuya existencia nadie les alertó y sin fuerzas para salir. El sentimiento de pertenencia a una comunidad virtual genera dependencia y, al igual que sucede con las drogas, es más fácil renunciar a ellas para quienes disfrutan de sus ocasionales placeres que para quienes cabalgan cada día a sus lomos. Si miramos demasiado tiempo hacia el sol, al volver la vista abajo nada tendrá color. Así que recuerda la frase de Mark Twain: “whenever you find yourself on the side of the majority it is time to pause and reflect” (*). A lo mejor es hora de mirarnos un poco más a la cara y mirar un poco menos a la pantalla. De hacer un poco más de caso a quien tenemos delante y un poco menos al desconocido que nos habla en nuestro feed. Hoy podemos salir a respirar aire fresco y pensar. Mañana, quién sabe, quizá la realidad nos ponga la zancadilla y sólo nos quede decir: “Fuck y’all”.

 

(*): Cuando te encuentres en el lado de la mayoría, es hora de parar y reflexionar.

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