Analizando la Discontinuidad Tecnológica

Por Daniel Bel Cacho En Entornos Digitales mayo 14, 2015

Discontinuidad Tecnológica

O qué punto de discontinuidad tecnológica tienen en común Belén Esteban, Pablo Iglesias y el Candy Crush.

El término ‘discontinuidad’ es un concepto matemático que se aplica en múltiples disciplinas científicas, en general para referirse a un salto o interrupción en el progreso de algo, ya sea una función, un estrato geológico, o una magnitud física –por citar algunos ejemplos-.

En la serie de artículos que inicio hoy me referiré a la presencia de una de estas discontinuidades en la función que relaciona el uso de la tecnología con la edad y con determinadas características socioculturales del individuo. Es decir, a la existencia de unas coordenadas de dichas variables en las que los hábitos tecnológicos adquieren súbitamente un protagonismo mucho mayor que en individuos con características relativamente semejantes.

Quizá la mención a una ‘discontinuidad tecnológica’ nos recuerde a otro concepto al que la sociología hace referencia frecuentemente, como es el de la ‘brecha digital’. De acuerdo con Eurostat, la brecha digital consiste en la “distinción entre aquellos que tienen acceso a Internet y pueden hacer uso de los nuevos servicios ofrecidos por la World Wide Web, y aquellos que están excluidos de estos servicios” [1]. Sin embargo, la discontinuidad tecnológica se refiere a aquellos sujetos que, teniendo acceso a internet –es decir, estando en un mismo lado de la ‘brecha digital’- describen importantes diferencias en cuanto a sus hábitos de uso de la web, lo que origina ciertas distorsiones a la hora de interpretar (y, por ende, de prever) sus reacciones como colectivo. La realidad nos muestra que la discontinuidad tecnológica se comporta respecto de la transmisión de la información en una sociedad de forma similar a como lo hace una discontinuidad geológica en la propagación de ondas: generando un proceso de refracción que puede ocasionar una lectura equivocada de los datos, o lo que es lo mismo, una visión borrosa de cómo y por qué la sociedad reacciona frente a esa información.

Los límites de esa discontinuidad no son demasiado claros. Se sabe que la edad es un factor determinante, pues se detectan diferencias sustanciales de comportamiento entre los ‘Millenials’ (o generación Google) y la nueva generación de ‘nativos digitales’ (que son mucho más extremas al compararlas con generaciones precedentes). También marcan los límites de la discontinuidad otros factores como la educación, la procedencia geográfica o el entorno social. No aspiramos hoy a delimitar dónde se encuentra exactamente la discontinuidad o cuál es su extensión, pero lo cierto es que ésta existe, y que a un lado y a otro de ella habitan grupos de personas diferentes e imperan normas distintas. Los mensajes creados para uno de estos grupos llegarán distorsionados al otro (si llegan) y por lo tanto cada grupo reaccionará de forma diferente a los mismos códigos. Existe un mundo a nuestro alrededor formado por personas que, teniendo facilidad en el acceso a internet, conocen las noticias por los medios convencionales (prensa, radio y TV), escuchan música de CDs, se comunican por teléfono (o en todo caso por e-mail) y desconocen lo que es la economía colaborativa. Frente a ellos, en la otra margen de la discontinuidad, las noticias se leen en Twitter, la música se escucha en Spotify (o se descarga ilegalmente), las comunicaciones se hacen a través de las redes sociales y Google es la gran tienda donde todo se compra y se vende. La realidad está evolucionando (se está desdoblando) hasta la coexistencia de ‘dos realidades’ y cada individuo elige en cuál desea vivir. Esta no es una situación que deba dramatizarse. La convivencia es sencilla, y en el día a día todo fluye con aparente normalidad. Pero en un entorno de cambio tan rápido y en el que la comunicación es tan importante para nosotros como el agua corriente, saber entender a qué lado de la discontinuidad nos dirigimos y cuáles son las claves que lo rigen definirá la eficacia de nuestro mensaje y la veracidad de la interpretación que hagamos de sus resultados. Pero vayamos de las palabras a los hechos y veamos algunas situaciones reales que evidencian esta situación (recordad que el resto irán siendo explicadas en artículos subsiguientes)

El primero de los nombres que cito en el epígrafe de este post es el de Belén Esteban. La controvertida colaboradora, conocida en los medios de comunicación como ‘la princesa del pueblo’, acumula victorias en los concursos y reality shows a los que se presenta sin atesorar talento alguno que justifique su expediente de triunfos más allá de su popularidad. Pero lo más sorprendente es que cada nueva participación de la madrileña en un concurso inflama las redes sociales de reproches, críticas a su conducta, mensajes de incomprensión y memes tan ingeniosos como crueles poniendo énfasis en los defectos (bastante patentes) de su personalidad. Esta espiral de aparente contradicción alcanzó su culmen en la última edición del programa “GH VIP” en la que, en una situación sin precedentes, Esteban llegó a una de las galas con porcentajes de voto muy desfavorables y el público vio cómo estos daban un vuelco en los 45 minutos previos al anuncio de la expulsión, lo que sólo puede significar una de tres posibilidades: que el número de votos por sms es muy pequeño, que la organización alteró (intencionadamente o por error) los resultados de la votación o que el tirón mediático de la presentadora es capaz de obrar milagros.

Sea como fuere, lo que queda claro es que el respaldo social de esta celebrity se origina a un lado de la discontinuidad, mientras sus críticas provienen del lado opuesto. Telecinco lo sabe bien: el voto en GH sólo es posible por vía telefónica o sms, lo que segmenta con bastante efectividad a sus partidarios entre los posibles votantes. Pero los propios comentaristas de la cadena se ocupan de mostrar a los habitantes de su lado de la discontinuidad las feroces críticas que provienen del otro lado, comentando en TV la reacción negativa de las redes sociales. Así, estimulan entre su público el sentimiento de pertenencia al grupo y de protección de la que consideran ‘una de ellos’, lo que reafirma –si cabe- la popularidad de Belén Esteban entre sus afines al tiempo que dispara las llamadas y sms (con sus consiguientes ingresos). El producto Belén Esteban procede del grupo de individuos cuyos hábitos están menos integrados en internet. Su mensaje va dirigido a ellos, y su valor radica en su capacidad para movilizar y llamar a la acción a dicho grupo. Mientras tanto, al otro lado de la discontinuidad, aquellos que no se identifican con ella ven con perplejidad su popularidad y sus triunfos, pero reaccionan emitiendo mensajes de protesta que no tienen apenas efectos en el lado opuesto. Si todos los que la critican en Twitter hubieran mandado un sms para echarla de GH, Belén Esteban hubiera sido historia en pocas semanas. Pero Telecinco sabe muy bien que los tuiteros no suelen ser muy activos enviando sms.

(1): European Commission, Eurostat: Information society statistics at regional level

(Si quieres conocer más detalles sobre la discontinuidad tecnológica, o te intriga cómo relaciona dicha discontinuidad a Belén Esteban con Pablo Iglesias y el Candy Crush, no te pierdas la continuación de este artículo)

Daniel Bel Cacho

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