La abuela que se convirtió en embajadora de marca

Por Editor En Embajadores de Marca marzo 23, 2016

Embajadora de marca

Me llamo Carmen, y este año cumplo ochenta y dos años.

A lo largo de mi vida me ha tocado vivir infinidad de situaciones. De todas aprendemos, la verdad. Pero sin duda alguna, una de las más curiosas ha sido convertirme en embajadora de marca. ¡Si hijo, si, a mi edad y con estos trotes! La artrosis cada vez se agudiza más en mi cadera y  mis rodillas están hechas polvo, pero por suerte, la cabeza aún me funciona bastante bien. O eso debió pensar mi nieto cuando me propuso embarcarme en esta aventura…

Estábamos a punto de terminar el año 2015 cuando mi nieto Julián nos dijo en una cena familiar que estaba montándose una empresa. Consistía en una academia de formación para hombres y mujeres que se vieran superados por las nuevas tecnologías, internet, redes sociales, aplicaciones, comercio electrónico y móviles táctiles. Vamos, para personas de más de sesenta años, más o menos. El caso es que yo le ofrecí ayuda, le dije que podía darle algo de dinero… (los comienzos siempre son algo durillos). Pero para mi sorpresa no quiso ese tipo de ayuda precisamente. Quería que fuera su primera alumna. Y así fue, durante tres meses a cuatro horas diarias, me estuvo dando clases sobre internet y redes sociales, e incluso me regaló un móvil táctil de esos.  Mi nieto me dijo que la mujer más longeva con «feisbuk»…¡tenía 101 años! Antes de jubilarme, fui administrativa durante muchos años, así que me apañaba con el teclado del ordenador y algún programa informático. Aunque me costó algo más, aprendí a manejar el móvil de manera más o menos decente. Mi nivel no llegó a ser muy avanzado pero me defendía con las nociones básicas en redes sociales: crear un perfil de «feisbuk», escribir comentarios, darle al me gusta y compartir. También aprendí algo de  «tuiter», a leer mi «muro», a saber que no puedo escribir mucho, a «retuitear» lo que me gusta de los demás, y a ver donde estaban los temas más hablados, los «trendin» esos. Lo de las palabras con la almohadilla delante también, los «jastag» y a pesar de que al principio me costó entenderlo todo y mezclaba una cosa con otra, resulta que al final no es tan complicado. Todo es ponerse y dedicarle horas y más horas. Y ahora es cuando viene lo bueno…

Una vez pasado el entrenamiento mi nieto me dijo: Abuela, vas a ser la embajadora de mi marca.

Al principio me sonaba a chino, como todo, pero me explicó que el gran poder de estos embajadores de marca reside en su capacidad de hablar en beneficio de ésta de forma desinteresada e influir en su entorno. Por eso, han de estar comprometidos con la marca, sentirse orgullosos y pertenecer a su comunidad. Los embajadores deben ser capaces de transmitir las sensaciones positivas que la marca ha generado en ellos.

Yo encantada de ayudar a mi nieto. Así que bajo sus recomendaciones comencé a agregar a las redes sociales primero a mis hijos, nietos, sobrinos… Después a la gente del barrio que iba apareciendo y conocía. Luego a la tintorería, la panadería, la frutería… ¡Pero si todo el mundo estaba en «feisbuk»! A veces miraba de reojo mi ajada libreta de números de teléfono y cumpleaños y esbozaba una sonrisa. Ahora, me los recordaba también «feisbuk».

Mi nieto me avisó de que había creado la página de la academia  y un perfil de «tuiter». Así que fui la primera «fan», la primera que puso comentarios cuando publicaba, la primera que compartió algo a y la primera que «retuiteaba» todo lo que escribía. Con el paso de los días, y algo de dinerillo invertido, la academia se empezó a difundir en las redes. Yo seguía a lo mío con mi rutina diaria de dos o tres horas  de ser la embajadora de mi nieto. Por desgracia quedé viuda hace un par de años y tenía muchas horas de soledad, que, la verdad, encontré una manera que nunca hubiera imaginado para llenar. Ayudando a mi nieto y manejando las nuevas tecnologías. ¡Quién me lo iba a decir!

Me ocurría algo gracioso: los hijos de mis amigos y amigas me llamaban a casa y me preguntaban si era yo la que comentaba esas maravillas y compartía la academia de mi nieto en las redes sociales. ¡No se lo podían creer!

Mi nieto me llamaba de vez en cuando y me decía que poco a poco iban llenando clases y aumentando su frecuencia. Yo a lo mío. Otra cosa no, pero a constancia no me ganaba nadie. Cuando surgía algún comentario de alguien en alguna publicación de la academia de mi nieto, ahí estaba yo para contestar con los beneficios que me habían aportado esos cursos y lo que se puede aprender a pesar de nuestras edades.

Un día, tuve una llamada inesperada. El periódico local quería hacerme una entrevista en mi casa. Resulta que les había llegado la información de que había una abuela de ochenta y dos años haciendo de embajadora de marca por las redes sociales. Que podía ser la persona con mayor edad en las redes sociales y en consecuencia como embajadora de marca. Me entrevistaron. Resulté no ser la mayor en las redes, pero sí que era la embajadora de marca que tenía más años. Salí en el periódico y algo más tarde en la televisión y gracias a ello, la academia de mi nieto también.

Julián me visitó y me contó que había subido la venta de sus cursos de manera increíble. La gente venía de los alrededores a llevar a sus padres y abuelos a la academia. Se incrementaron las clases, se contrataron profesores y se crearon diferentes cursos y niveles dentro de éstos. No recuerdo cuantos besos me pudo llegar a  dar. Me decía constantemente que había sido la mejor abuela y la mejor embajadora de marca que jamás había podido soñar. Y yo aprendí dos cosas, que nunca es tarde para realizar todo lo que te propongas si el fin es bueno y que los embajadores de marca podemos ser muy importantes para una empresa.

Y así termina mi historia.

La historia de la embajadora más longeva del mundo.

Guillermo Arlés Monterde

(Relato de ficción que pretende ilustrar las posibilidades que para los más mayores ofrecen las redes sociales y el poder comunicativo de los embajadores de marca)
Photo credit: Photographing Travis via Foter.com / CC BY

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